¡¡¡Que grosso!!!, Volar, como los bichitos de luz !!! (bueno, que lo de las aves ya está muy quemado
).
Ningún ser humano debería considerear la posibilidad de no hacerlo nunca, pocas cosas pueden compararse a ello. Y pensar que hay mucha gente tan acostumbrada a ello, que lo toman como una molestia…
Parece que la suerte estaba de mi lado. Mi asiento era el de la ventana, ni que lo hubiese pedido.
Esperaba ver el clásico “acto” de las azafatas, como se ve en el cine, pero en lugar de eso pusieron un vídeo. En ese entonces el avión se estaba moviendo, ya me habían contado como era, y no podía esperar a que acelere. Finalmente el avión llega al final de la pista y gira. Se adelanta un poco, y de golpe empieza a sentirse la aceleración, que lo aprieta a uno contra el asiento. La sensación es muy extraña pero dura un instante, en el siguiente uno se da cuanta que ya nada lo conecta con el suelo, y la s cosas por la ventana se empiezan a ver cada vez más pequeñas. Yo estaba extasiado, prácticamente sacaba mi cabeza por la ventana. En un minuto podía ver el ejido urbano como se lo dibuja usualmente, a medida que el avión se iba alejando y tomaba altitud. En algún momento se mezclo con esta sensación de asombro un sentimiento
melancólico… Eso que estaba dejando atrás era mi casa.
Finalmente la ciudad quedó fuera del ángulo visible y me alejé un poco de la ventana. Me entregaron algo rico para comer y me senté más cómodo a disfrutar la vista,
tratando de identificar a qué parte del mapa corresponde lo que estaba viendo. Así paso de la verde y cuadriculada Córdoba al más árido San Juan y luego Mendoza. Pronto se anuncia que el avión comienza a descender. ¿Había pasado tanto tiempo?, ¡si fueron tan solo unos minutos!. Y así encarábamos para la cordillera de los Andes. Yo creía que el espectáculo duraría solo un instante, como si la cordillera fuese solo una hilera de montañas, un “cerco” que nos separa de los vecinos chilenos.
La cordillera fue, como era de esperarse un espectáculo hermoso, algo que nunca antes vi. La nieve entre las montañas se amontona y parece crema. Lo único que lograba sacarme de ese estado contemplativo era el dolor de oídos que comencé a tener. Un poco de razonamiento lo decía, ya estamos descendiendo, ¿pero si todavía estamos sobre las montañas?. Luego, de un
segundo para el otro se acabaron las montañas el paisaje se volvió marrón oscuro y árido. El avión dio una vuelta que permitió ver un poco la ciudad mientras el mis oídos reventaban.
Un minuto más y estábamos contra aterrizando. De un instante para el otro la sensación, ya no tan familiar, de sentir los pies en la tierra, aún siendo que seguía en el avión…

