Di algunas vueltas por el hermoso aeropuerto de Santiago de Chile, siempre con un poco de miedo de no saber como meterme en el siguiente vuelo, es que soy de las personas que se fijan muchas veces si el reloj tiene la alarma prendida antes de irse a dormir, si me entienden lo que digo.

El avión por los ventanales se veía inmenso. Unos minutos con el peso en la espalda y a comenzar la segunda parte del vuelo.

Una vez adentro, perdí la ilusión de viajar otra vez en la ventana. Es que este avión tenía un a fila en el medio. Me senté y entre el rondante acento chileno comencé a escuchar un poco de acento español. En breve la pista, la vuelta, la aceleración y el cielo. La dirección ahora era la correcta, hacia el /viejo mundo/!

Antes de que pudiera darme cuenta la noche había acabado y por razones que en ese momento no comprendí, el desayuno y almuerzo se sirvieron juntos.

Mi vuelo estaba anunciado para aterrizar en España pasado el mediodía, pero recién acababa de amanecer. Sin embargo poco después de acabar con los ambas comidas se anuncia el descenso. Luego de un tiempo de desorientación comencé a comprender, que el mundo gira más lento de lo que el avión viaja, y que en realidad era el mediodía.

Mientras el avión aterriza pudé ver la árida geografía madrileña. El calor se hace notar apenas llego, y la mochila parece pesar mucho más que antes.

El aeropuerto reluce, tiene aspecto a nuevo y sobre todo, gigantesco. Tanto es así, que las dos horas que tengo de espera para subir mi último vuelo del viaje me las paso viajando entre cintas, ascensores y subtes que conectan las dos partes del aeropuerto de Barajas. En el momento cuando me subí al ascensor con otra gente que al parecer venía de Rusia, me dí cuenta que lo de el aseo personal en Europa es efectivamente lo que se cuenta… Fue un momento difícil, pero por suerte solo fueron dos pisos…

Pase un poco de miedo al pasar por inmigración, por lo que uno escucha en la calle, pero luego de hacer la cola con mucha gente de centroamérica, el tramite solo duró unos segundos. Luego, otra vez las cintas, ascensores y subtes hasta llegar a la compuerta indicada, con solo unos minutos sobra.

En la espera para entrara al avión escuchaba que la gente que esperaba también en esa compuerta hablaba alemán. También se sentía un olor fuerte cuando algunos pasaban cerca. Por suerte días mas tarde me quedaría claro que solo una pequeña minoría en este lugar tiene ese mal habito, sin embargo ¡ellos sí que se hacen notar!.

Pronto subimos al avión. Este pertenecía a otra empresa (Iberia, en lugar de LAN), y el interior parecía más a un colectivo de larga distancia en Argentina, que a los hermosos aviones en los que había viajado (y, a esa altura esperaba comida gratis y pantallas LCD como algo normal).

Aunque fuese la tercera vez en el día que lo vivía, el despegue no dejaba de ser fascinante, mas aún siendo que me volvió a tocar en una ventanilla. Pronto me despedí de España (si bien no será por mucho tiempo -¡chan!-) y partí rumbo al norte. Esperaba ver un espectáculo similar al de la cordillera de los Andes en los pirineos, pero de en un momento todo abajo se convirtió en nubes. Esporádicamente algunos “huecos” dejaban ver los pueblos de Francia, que muestra un color verde oscuro, muy diferente al verde furioso de Córdoba y al terreno marrón español y al chileno. En un momento el piso eran solo nubes y comencé a ver aviones a chorro que dejaban su estela en el cielo turquesa, en una cantidad que nunca había visto antes. La imagen era surrealista, el cielo turquesa, abajo las nubes y las naves que dejan su rastro mientras cuzan delante del sol… Parecía más bien un paisaje realizado por computadora o por un artista de paisajes…